A lo largo de los últimos siglos el concepto de disciplina, ha ido acumulando una pesada y oscura energía. Con solo escuchar la palabra, solemos asociarla con rigidez, autoexigencia, incluso despierta en nosotros una sensación de rechazo, obligación o resistencia.
Sin embargo, desde otra mirada, la disciplina es el arte de lograr una meta que el alma desea a través de un compromiso firme y constante, aprendiendo en el proceso habilidades y sabiduría.
Hoy me gustaría que abordemos el concepto de disciplina, desde un ángulo diferente. como una herramienta fundamental, casi necesaria para cultivar una espiritualidad sana y ecuánime.
Durante muchos años la disciplina ha sido parte de mi día a día y he mantenido rutinas estrictas para casi todo lo que hago, incluyendo la espiritualidad; ella ha estado presente al estudiar, hacer deporte, arreglar la casa, meditar, hacer yoga ir al gimnasio, realizar ayuno intermitente, y orar, entre otros.
Desde niña tenía itinerarios rígidos que habían sido impuesto por mis padres, pero que con el tiempo los fui interiorizando como una forma de ser, para poder ser aceptada y pertenecer. Lo anterior creo en mí una capa de rigidez que bloqueaba mis interacciones con los demás y elevaba los niveles de autoexigencia conmigo misma en todas las áreas de mi vida, llevándome a tener problemas de salud y ansiedad. Si ésta auto reflexión resuena contigo, te invito a hacerte las siguientes preguntas:
¿Qué cambiaría en tu práctica espiritual si la realizaras con cariño y paciencia?
¿Cómo sería hacer tu práctica desde una mente sencilla, aceptando tu realidad actual, tal y cómo es?
¿Cómo sería tú práctica espiritual, si la hicieras, escuchando lo que necesita tu cuerpo, en ese determinado momento?
Relacionarnos desde la compasión con nosotros mismos para lograr una meta, requiere que tengamos una convicción clara de que, esa acción que queremos implementar, nos llevará indudablemente a la meta que queremos alcanzar. Está convicción moverá el deseo de volver una y otra vez a aquello que nutre el espíritu, incluso cuando no tenemos ganas; su función será llevarnos de un punto A a un punto Z, como una especie de puente entre nuestras intenciones y la vida que queremos cultivar.
Desde mi experiencia personal creo que, para transformar la disciplina en un acto de amor propio, se requiere primero de varios factores: autoconocimiento, actitud abierta para asumir cambios y retos, tener condiciones sociales, emocionales, económicas y de salud adecuadas que nos apoyen en el proceso, reconocer nuestras limitaciones e identificar los retos que están ligados al propósito de vida de esta reencarnación, entre otros.
Toquemos algunos de ellos, y empecemos por un factor esencial, que es el conocer y comprender nuestro carácter. El carácter es la forma que elegimos para responder ante algo, se desarrolla a través de la educación, las vivencias, la reflexión y la práctica constante de determinadas acciones; también está relacionado con nuestro sistema de valores, hábitos y las decisiones que cultivamos a través de la vida.
Si nuestros esquemas mentales tuvieron una relación positiva con el compromiso, podremos ver la disciplina como una práctica que fortalece nuestro carácter. Ya que la veremos como una herramienta que nos ayuda a expresar una versión más elevada de nosotros mismos, que la del día anterior, cultivando virtudes como la paciencia, la perseverancia, la humildad y el amor.
Pero el carácter también puede ser un obstáculo en el logro de nuestras metas. La pereza, baja autoestima, la procrastinación, la arrogancia, y el perfeccionismo, son algunos de los factores que pueden interponerse entre nuestro propósito y su materialización en la realidad. Pero para poder modificar nuestro carácter es necesario un mínimo de nivel de conciencia y para elevar nuestros estados de conciencia, es fundamental cultivar mérito. Empecemos por el entender, que es tener un nivel de conciencia, es tener la capacidad de observarse a sí mismo, aprender a identificar nuestros estados aflictivos, no identificarnos con ellos y trabajarlos. Se cultiva a través de interesarse por procesos psicológicos propios y ajenos.
Por otro lado, la práctica de mérito no es algo concedido, porque hayamos hecho algo bien, es una virtud que elegimos cultivar, es una energía en movimiento que está en nosotros. Es todo lo bueno que hacemos y que se va acumulando, como una cuenta de ahorro en nosotros. Es un medio extraordinario de transmutación de estados y hábitos aflictivos. El nivel de conciencia que tengamos sobre, cuál es nuestra motivación para invertir en nuestra espiritualidad, entender porque es importante lograr un objetivo, es lo que nos hace cultivar mérito. El mérito va más allá de la evaluación del resultado en el presente, es la evaluación del resultado en el futuro, es el motor que enciende la dedicación.
Otro factor importante para desarrollar una disciplina orgánica y amorosa es saber cuál es nuestro propósito vital. Sí, imagina por un momento que nuestro propósito en está reencarnación es precisamente aprender a tener un compromiso con nuestros sueños o anhelos. Para los que tengamos este propósito, la disciplina representará un constante reto a lo largo de nuestra existencia, la vida nos traerá en forma de espejo situaciones que nos obligan a organizarnos o por el contrario a tener compasión con nosotros mismos, enseñándonos de esta forma, a integrar orgánicamente el balance, orden, y coherencia en nuestro estilo de vida. De hecho, el observar el denominador común de todos tus problemas, ya te dará una idea de lo que viniste a aprender en esta vida.
También, el reconocer nuestras limitaciones, es uno de los factores más importantes junto al carácter en esté tema que nos concierne. El tener muy altas o falsas expectativas, baja autoestima o sobrevalorar las propias habilidades y las condiciones del entorno, nos llevará a sobre exigirnos o procrastinar en alcanzar nuestros logros. Tomemos el cuerpo como referencia para contextualizar lo anterior. El cuerpo es la vasija del alma, por ello necesita disciplina, hábitos saludables al comer, descansar, ejercitarlo, si no lo hacemos, no hay amor al cuerpo. Lo mismo pasa con nuestros proyectos, si nos gusta algo hay que invertir tiempo, planificar, organizarnos, priorizar para lograr nuestras metas.
Sé honesto contigo mismo al evaluar si eres coherente entre lo que quieres y lo que haces para lograrlo, quizás tengas que hacer cosas que te incomodan para alcanzar tu más alto bien y te estás quedando en una zona de confort, para no hacerlo. El punto importante aquí, es entender y reconocer cómo nos relacionamos con el concepto de fracaso, revisar las expectativas tenemos con el concepto “Espiritualidad”, y dejar de comparar nuestros avances con los de otras personas, pues cada alma tiene objetivos y necesidades diferentes a desarrollar.
La disciplina flexible, requiere en lugar de reglas rígidas, crear espacios de presencia y consecuencia, no buscamos una espiritualidad perfecta, sino cultivar una presencia constante. Por ejemplo, cinco minutos de meditación son mejores que nada; calidad importa más que cantidad. De hecho, las reglas del juego de esta realidad, llamada vida, es adaptarnos constantemente a las necesidades que nos exige el medio, amigarte con esta idea, te permitirá ver la disciplina como una conversación diaria con tu propósito de vida.
Así que mantener una práctica espiritual madura implica entender que la disciplina no es una cadena que limita nuestra libertad. Requiere humildad para reconocer las herramientas que tenemos y las que debemos cultivar, y tener presente que trabajar con confianza, paciencia y cariño en el proceso, es el compromiso amoroso de regresar, una y otra vez, a aquello que da sentido a nuestra vida.
Luego de haber reflexionado sobre estos aspectos podremos ver con mayor claridad y honestidad, en qué punto nos encontramos y de qué forma nos relacionamos con nuestra práctica espiritual.
Para terminar, te invito a reflexionar sobre el cómo estás calibrando tu GPS interno, y para ello, pregúntate antes de cada sesión: «¿Tengo ganas hoy de hacer esto?» «¿Qué necesita cultivar hoy mi espíritu, mi cuerpo, mi mente?»
Me encantaría saber cómo ha sido tu experiencia con la disciplina, desde que lugar te ha acompañado.
Muchas Gracias por tu tiempo y energía. ¡Te abrazo con el alma!
Shima Yoga